Una propuesta para padres perplejos

Interesante artículo de Diego Íñiguez, Doctor en Derecho, Administrador Civil del Estado y antiguo miembro del Grupo Scout III de ASDE Exploradores de Madrid, en él nos propone unos ideales, los del movimiento scout.

La batalla de unos miles de jóvenes en Pozuelo -no todos de allí, balbucea el alcalde- contra bancos públicos, coches aparcados y los pocos policías que cuidaban de su seguridad a las tres de la madrugada, ¿es gamberrismo común o algo más? ¿Es un salto evolutivo de ese modo de ocio que ha hecho de España un ‘destino divertido’ en cuyas discotecas nunca se pone el sol, y del botellón la última aportación española a la cultura universal? ¿O enlaza con fenómenos como la ‘kale borroka’, las batallas de neonazis contra ‘kaoten’ en Berlín, el ‘hooliganismo’ deportivo? Tienen una pauta común: la bronca como diversión primaria y peligrosa, grupos dispuestos a pescar en el río revuelto de las hormonas y el alcohol, el cebo de una áspera identidad colectiva. Pero ver en la ciudad con más renta y colegios caros por habitante de España imágenes como las de los suburbios pobres de Francia ha producido un escalofrío y mucha perplejidad: algo falla.

¿Cómo hemos llegado a reconocer a los jóvenes un derecho que parece de rango constitucional a salir cada noche para vacilar, embriagarse y no dejar dormir a los vecinos ni a sus padres, trasnochadores pasivos hasta que vuelven sus retoños? ¿Cuándo hemos abdicado de poner normas razonables como parte esencial de la educación de una generación? ¿Influye el ejemplo, cómo vivimos y consumimos, la falta de cortesía elemental y de sentido de la comunidad, de lo que antes se llamaban ‘inquietudes’? ¿Influye el mal ejemplo de la política, su vacuidad, su cinismo cuando deslegitima a policías y jueces que investigan casos de corrupción o llegan a conclusiones distintas a sus ficciones?

Seguir la corriente y al grupo no es sólo un problema de los jóvenes. Es una consecuencia más de la falta, en el Sur de Europa, de una Reforma que reforzara la responsabilidad individual, que asociara la virtud con el compromiso con la comunidad, que enseñara lo que a Bertrand Russell la cita favorita de su abuela: «Nunca seguirás a una multitud para hacer el mal». Claro que la abuela Russell fue una victoriana intrépida, de vigoroso espíritu público y con una saludable indiferencia hacia las convenciones sociales. No son rasgos que estemos sembrando en la siguiente generación, ni con los contenidos educativos, ni por medio de un sistema escolar que se vive como anticipo de una universidad y un empleo igualmente poco estimulantes. Pero el problema -pobres profesores- no está en el colegio, tampoco el remedio. El problema es el pasmo de una sociedad que ha cambiado apresuradamente y que no sólo ignora qué hacen sus hijos esas largas horas fuera de casa. Tampoco sabe cómo educarles, ni para qué vida hacerlo, ni espera que se hagan responsables de sus estudios, que lo sean en su ocio, que sean ellos quienes orienten sus vidas hacia un proyecto personal y consciente.

Nuestro sistema de educar a los adolescentes no les impulsa a decidir cómo hacerse una vida y un lugar en la sociedad, a coger la vida por los cuernos para convertirla en su propia obra, cincelada con la imaginación y la creatividad, la ambición y el esfuerzo. Al contrario: les estanca durante un largo decenio en una condición que tiene algunas de las libertades de los adultos (pueden trasnochar, ligar, consumir), pero no sus responsabilidades, ni un horizonte de autodeterminación. Si la alternativa es la vida de sus padres, sometidos a trabajos aburridos de presión creciente, horarios absurdos y sueldos bajos y con el consumo y horas de televisión como expansiones, tampoco es de extrañar. ¿Hay alternativas? Claro: un deporte practicado con pasión, el esfuerzo de una educación musical, una vida de pueblo sin las tensiones de la miseria o una posguerra civil, asumir alguna responsabilidad: cuidar a sus hermanos, a sus abuelos.

Pero la que quería proponerles -aunque arranque la sonrisa de no pocos- es otra: la de los ideales sencillos del movimiento ‘scout’, un invento de un general inglés, Robert Baden-Powell, como sistema de educación en el tiempo libre para chicos ingleses en peligro de convertirse en ‘hooligans’, los temibles gamberros que poblaban los miedos respetables de la burguesía victoriana. Su método se basa en confiar a los propios chicos y chicas una responsabilidad creciente sobre su propio desarrollo, mediante el juego y la experiencia de la naturaleza, con pequeñas aventuras y adversidades y una democracia radical basada en el respeto a la diversidad social y religiosa y el internacionalismo. Cada joven es el agente principal de su desarrollo, con el fin de llegar a ser un ciudadano activo, crítico y responsable, una persona comprometida, fiable y amable que quiera, como de niño, hacer mejor el mundo. Un movimiento liberal, con cien años de buena experiencia, que han tratado de copiar en vano sistemas totalitarios de toda laya.

Es todo muy ingenuo, muy ajeno a la deprimente retórica de las políticas -y los políticos- ‘de juventud’: la responsabilidad sobre uno mismo y en la sociedad, asumida paso a paso, pasándolo bien en el grupo de amigos, con la ayuda de los mayores, que no quieren indoctrinarles, sino ayudarles a hacerse adultos, con el sentido común y la sencilla confianza en sí mismos que les dan las pequeñas aventuras de cuidar su local, plantar la tienda en el monte y preparar la comida y un fuego de campamento.

Bueno, eso hacen los ‘scouts’ de los países del Norte. Los españoles -por ejemplo en la Comunidad de Madrid, donde está Pozuelo- se las ven y se las desean para acampar en una sierra preciosa donde lo tienen prohibido; y desde luego no encienden fuego, aunque nunca se ha sabido de un grupo ‘scout’ que haya causado un incendio y sí de muchos que han ayudado a apagarlos. Los consejos de la Juventud, viveros de futuros políticos, no han sabido encontrar alternativas. Pero el ‘scout’ se crece ante las dificultades, un aprendizaje de la vida y un estímulo más para empezar a ser adultos sin diez años de retraso, con la seguridad en sí mismos y el bagaje de quien ha vivido pequeñas aventuras y retos en el gran juego y no en la gran juerga.