INTERCASTORES. Crónicas #IntersEdM

Mi nombre es Tic Tac. Muchos que lo escuchan creen que soy un reloj, o un caramelo, pero en verdad soy, en una sola pequeña persona, dos ardillas juguetonas que buscan guiar a todo aquel que necesite ayuda. Sin embargo, este fin de semana creí que el bosque se me hacía demasiado grande para lo que yo podía hacer.

Todos citados a las 9 acudimos, ordenados por colonias, a tomar el autobús de ida al Intercastores, esa gran aventura que emprenden animados los castorcillos, anhelando descubrir los secretos escondidos entre los árboles de un bosque desconocido. Y yo, Gran Castora, debía saber guiarles. ¡Qué intensa emoción me recorría al ver llegar a todo el mundo! Qué extraño tembleque. Qué frío de repente. Qué horror. ¿Iba yo a saber hacerlo?  Pasado el tiempo del viaje comenzó la cuenta atrás, la carrera contra ese fatídico destino que imaginaba en mi cabeza. ‘’Seguro que alguno se sale del campamento y se pierde. ’’ ‘’ ¿Y si se pelean con niños de otro grupo?’’ ‘’ ¿Y si alguno no quiere jugar? ’’ ‘’ ¿Tendrán que hacer pis? Porque yo desde luego sí…’’ ‘’ ¿De dónde sacarán la tela algunos grupos para hacerse esas pañoletas tan complicadas?‘’

Todos bajaron corriendo. Cuando eché el primer vistazo, era todo un mar resacoso de colores. Se me nubló la vista por un momento debido a la polvareda que levantábamos todos al andar, y cuando me volví el campo de fútbol central se había despejado. ‘’El campo de batalla. ’’ lo titulé yo. Casi sin darme cuenta nos encontrábamos a punto de hacer la presentación de la macro acampada. Piko, esa castorcilla tan leal a su colonia y a sus scouters, me agarraba la mano emocionada. ‘’ ¡Cuantos castores Tic-Tac! ¿Hay más Tic-Tacs? Yo creo que he visto una. ¿Habrá más niños que se llamen Piko?’’ Todos en un círculo, coronados con gorros de castor, ataviados con pañoletas de mil gamas, tan extrañamente calmados… Sin duda esto era un reto, y comenzaba ya. Primer asalto, la integración: poner numeritos, hacer grupos, y juegos de nombres.

–          Ella se llama Katherin, y le gusta…

–          Es Katerine.

–          Ah, creía que ponía Katherin…

–          Se dice Katerine. Y me gustan los globos.

¡Los globos! Ya ni me acordaba de cuántas actividades nos aguardaban, y en una había globos. Mi fobia y yo nos lo íbamos a pasar de miedo, aunque seguro que había más de un castor que también los temiese y me sirviesen de excusa para esconderme. ‘’Sólo en esa’’ me prometí. En las demás actividades tenía que estar dispuesta.

La hora de comer se hizo rápida y en un macro círculo, con macro bocadillos, macro cantimploras, macro patatas y macro canciones a gritos antes de comer. Todo menos macro bolsas de basura, así que tuve que encontrar una para que mis cinco castores no dejasen su cementerio de restos en el suelo, que muy capaces eran. Pero qué iba yo a hacerle, se morían por hacer nuevos amigos, y recoger y lavarse los dientes no entraban dentro de ese plan, así que tuve que vigilar de cerca. Para mi consuelo, la mayoría de Grandes Castores operábamos así.

–          El castor es limpio y ordenado.-  les repetía yo a todos los que me encontraba por el camino hacia el lavabo.

–          ¿Eso no es una máxima de la Manada?

Una Lekes de otro grupo pasaba sonriente por mi lado sin esperar la respuesta. Ambas sabíamos que, en realidad, fuera lo que fuese había servido para que estuviesen todos con sus neceseres en el baño.

Segundo asalto: reunión de scouters, la gymkana de los Derechos del Niño iba a dar comienzo. Repaso general, asignación de tareas, tres, dos, uno… ¡Ya! Yo era un super-héroe, concretamente el que velaba por el derecho de los niños a tener amor, y me disfracé con una capa negra a la que había clavado tres corazones rosas de cartulina. Un super disfraz, lo sé, aunque era más importante saber explicarles por qué quería que supieran sus derechos. ‘’Espero que no se los sepan. ’’ Ninguno sabía nada, y bastó presentarme para que entendiesen que debían defenderme. ¿Quién no se sentía amado? Desafortunadamente, aunque pasaron todas las pruebas, el resto de derechos siguieron en la incógnita durante el fin de semana, pues no llegaron a conocer ni defender ninguno más. Por lo menos llegamos todos vivos a la hora de la merienda, una estrategia para recuperar fuerzas destinadas a la batalla campal de juegos de la tarde: ¡todos a desmadrarse! Un anillo de agrupaciones dejaba el campo de fútbol desierto en el medio, y en cada grupo un torbellino de pilla-pillas, pelotas, carreras, ojos tapados, risas alborotadas, raspones de color rosa, cordones desatados… Los Grandes Castores nos convertimos por un rato en pequeños Keeos que, a pesar de llevar una gran responsabilidad sobre nuestros hombros, no dejábamos de querer jugar con el resto de castorcillos.

Hora de cenar, frío y hambre. Las linternas se cuentan con cuentagotas, y los escaqueos para buscarlas terminan por dejarnos  a merced de la luz de las estrellas. Los castores no nos dejan solos, y nos acompañan con su inocencia a cada rincón, buscando que esa protección sea recíproca.

–          ¡Tic-Tac! ¿Me pongo una chaqueta?

–          Sí, claro, que ahora va a hacer mucho mucho frío. – le respondo a una cara desconocida.

–          ¡Mira! Tengo tortilla con queso y uvas y membrillo y un zumo de pera. Si me sobra luego te doy un poco a ti. – me dice otro castor completamente distinto.

Tercero y último del día: juego de noche. Se ha hecho la oscuridad más absoluta y, tras el gran intento por las afónicas organizadoras para callarnos a todos, comienza la carrera de caballos. Preparados, listos, ¡ya! Dos giros a la derecha, uno a la izquierda, tres saltos, y…¡por grupos a buscar scouters! Había que encontrar a diez Grandes Castores escondidos. Cuando emprendimos la búsqueda me di cuenta de cuán aterrada estaba de la oscuridad. No distinguía el suelo de donde surgía el tronco de un árbol. Tras los primeros golpes y el desmadre de todos los castores huyendo y gritando, decidí que iríamos de la mano, y así de paso nos curábamos del miedo irracional a los fantasmas de la noche. Como una castorcilla más, nos zambullimos en esa fiesta de luceros, silbidos y pasos lejanos que sucedía en la zona de acampada. Nuestro record final: 5 firmas encontradas y 7 caídas por accidente. Dos mías, y una por cada castor. Fueron muy valientes a pesar de no ganar, y eso les pareció un buen premio de buenas noches, por lo que la guerra de la hora de dormir se suspendió y, pacíficamente, todos los grupos se fueron al saco con bastante rapidez. Nosotros con un poco más de retraso. Bostezando, me percaté de que me sentía realizada por aquel día, y no agotada  como creía que estaría. Sentimos los minutos de seda pasar a velocidad constante hasta que muchos no pudimos más y nos marchamos a descansar, algunos aprovechando la oportunidad de dormir en cama, y otros compartiendo el suelo con castores y hormiguitas. Los suspiros del bosque velaban por nuestro descanso.

–          ¡Eh! ¡Kibu! ¡Ha llovido, ha llovido por la noche! ¡Mira!

–          Castores, son las siete de la mañana, a dormir todos ahora mismo o a callar.

El bosque tiene la alarma puesta demasiado temprano. Algunos castigados salen a correr, a saborear el frío matutino y robarle el rocío a las hojas verdes ya despiertas. El resto, cómo no, nos quedamos en el saco.

Sin embargo, todo llega a su fin, y toca recoger y desayunar. Cientos de niños con la cara de colores de la pintura del día anterior se hacen con la explanada, raudos y excitados. Comenzaba un nuevo día de aventuras.

Tras el desayuno, cuarto asalto: gymkana de las Colas de Castor. El complejo Kibu-Tic Tac-Kibu que formamos las tres scouters nos encargábamos de Cada cosa tiene su lugar. Cada 7 minutos pasaban dos grupos diferentes a enfrentarse en la prueba de memoria, unos pringados de témpera verde y otros ansiando pringarse en témpera verde. Éramos la frontera, el punto de descanso entre dos pruebas de carreras y destrozos, lo que hacía que el cambio se hiciese más rápido entre pruebas.

A pesar de que, como todas, no dio tiempo a acabarla, la práctica de rehacer grupos para la siguiente rotativa nos ayudó a ser más eficaces, y pronto nos encontrábamos inmersos en otros juegos diferentes. La hora de comer se acercaba sigilosa.

¡Pum! El estallido del último globo de uno de los juegos marca las 2 de la tarde. Todos a comer y a recoger. Es el desenlace final, el momento clave, la hora de la verdad, el tiempo de las preguntas del estilo ‘’ ¿Has visto mi chaqueta roja?‘’ ‘’ ¿Qué es una batida? ‘’ ‘’ ¿Me dejas la escoba para matar una hormiga?‘’ ‘’ ¿Ya nos vamos? ¿No podemos dormir aquí hoy?’’ El tiempo se ha hecho de arpillera y corre como loco. Una caravana de autobuses invade el campo de fútbol. Fin del juego.

Ahora, un Gran Hermano de polos azules refleja un arcoíris de macutos que se dirigen a casa. Antes, el estanque formado por cientos de castores unidos para despedirse de sus nuevos amigos y de su gran aventura juntos rodeaba los árboles de la explanada.

El terror ha desaparecido esta vez mientras observo de lejos a todos desaparecer. Queda dentro de cada uno la satisfacción de haber servido como scouters, animadores, amigos, aprendices, y capitanes de guerra. Si hemos de juzgar este fin de semana como una batalla, no será dejando atrás que el motivo de la lucha ha sido el de crecer, y nuestra victoria mayor ha sido llegar a ser tan grandes como el mismísimo estanque.

Esta aventura queda en nuestra memoria y en el corazón del bosque, al que no habré de temer nunca más.

Tic Tac (Julia), 362 Tierra del Fuego.

 

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